“Muerte sin fin” de José Gorostiza y la necroestética mexicana / Por Argentina Casanova

“Muerte sin fin es el canto largo, herencia griega pero también de Walt Whitman, que dialoga desde México con otras tradiciones literarias, aún de manera no implícita sino latente, de una muerte viva en voces e interpretaciones, palpitante en un discurso vivo, sin fin…”


No por casualidad la muerte es un tema recurrente en la poesía universal, desde los cantos homéricos, los libros de la Biblia con los largos versículos de duelos y lamentaciones, viajes en las proximidades a la muerte, ni es por coincidencia que Los Contemporáneos, entre los que destaca el tabasqueño José Gorostiza (1901-1973) con su Muerte sin fin, hasta Xavier Villaurrutia con sus Nocturnos de aire romántico necrófilo, hicieran de la muerte una suerte de vuelo por el que los poetas mexicanos más recientes nos llevan en una constante de la cultura mexicana y su persistente necrofilia.

En México el pensamiento tanático parte de la vida misma, ya sea por una herencia prehispánica que pasa de lo intuitivo a lo racional en el pensamiento filosófico poético de los intelectuales mexicanos: en el arte popular como en la pintura, la muerte no nos sorprende y forma parte constante de nuestra manera de entender la vida misma y en consecuencia también de aprehenderla.

En esa clave se inscribe Muerte sin fin, una obra que marca un hito en la tradición del canto poético largo en México. Su autor, José Gorostiza, junto a Xavier Villaurrutia y Carlos Pellicer, buscaron recuperar el carácter universal de la poesía. Pero Gorostiza no ha alcanzado el reconocimiento que otros autores de su generación. “Es realmente extraño que no goce de esa reputación en otros países, pues para nosotros los mexicanos nos parece nuestra obra cumbre, pero no entiendo ese fenómeno”, ha dicho la poeta María Rivera.

A pesar de que Muerte sin fin reúne el carácter simbólico del imaginario popular mexicano con una estética tanática, funda su universalidad en que remite al mito recurrente de la humanidad en su descubrirse como un ser voluble a la voluntad de un Dios inasible. Plagado de imágenes religiosas, como ocurre también en la obra de otro contemporáneo como Gilberto Owen, siguiendo una tradición lopezvelardiana, el poema fusiona el conocimiento filosófico con las imágenes a manera de fotografías instantáneas que nos remiten a los muertos de un país como el nuestro, donde sonríen y vuelven por sus pasos buscándose y Gorostiza canta –como canto es el poema- en un ritmo de letanía religioso-pagana. El verso va de lo metafísico del vuelo espacial al aterrizaje en lo más mundano, en un descenso propio de sujeto lírico del poema, una voz que registra instantes de reflexión e inflexión.

Cito:

 Un cóncavo minuto del espíritu
que una noche impensada,
al azar
y en cualquier escenario irrelevante
—en el terco repaso de la acera,
en el bar, entre dos amargas copas
o en las cumbres peladas del insomnio—
ocurre, nada más, madura, cae
sencillamente,
como la edad, el fruto y la catástrofe.

Eduardo Hurtado, ha dicho que Muerte sin fin es uno de los grandes poemas de la literatura mexicana del siglo XX, y a pesar de su identificación como pilar de las letras mexicanas, con cuyo discurso –me parece, preciso- puedo encontrar respuestas en la obra de Octavio Paz, lo mismo en esa búsqueda del largo canto de la poesía mexicana que es Piedra de Sol, como en su obra ensayística.

Gorostiza sitúa la voz lírica del poema capaz de mirar a su alrededor, donde el universo es todo el plano, sin temporalidad, pero con signos de lo cotidiano a manera de marcas discursivas. Complejo, pero asible. No es necesario imaginar la obra como si se hallara en búsqueda perpetua de su lector ideal.

Se ha dicho que Muerte sin fin es un poema que consigue en forma muy precisa la síntesis armónica entre inteligencia y sensibilidad, pero más que eso, es poesía inteligente, racional, reflexiva y metafísica. La intertextualidad del discurso poético responde a sus anteriores y deja preguntas a posteriores poetas.

Aquí un ejemplo:

¡oh inteligencia, soledad en llamas!
que lo consume todo hasta el silencio,
sí, como una semilla enamorada
que pudiera soñarse germinando,
probar en el rencor de la molécula
el salto de las ramas que aprisiona
y el gusto de su fruta prohibida,
ay, sin hollar, semilla casta,
sus propios impasibles tegumentos.

El artista encuentra la universalidad en la mimesis clásica, pero pocas veces se desprende del entorno que lo influye. Es el eco de otras voces, en un proceso dialógico en el que las palabras recogen las voces que las nombraron antes, y con ello la referencia de la cultura próxima, en este caso una tradición poética mexicana y una voz popular.

La voz lírica cambia, no es sólo la de un sujeto poético, es también la cosa que habla, es la voz de las flores, y esto posibilita la concepción del mundo, del universo desde un yo distinto al que puede identificar el poeta. Encuentro –quizá en un hallazgo interpretativo personal- de esa tradición popular mexicana de vida en la vida vegetal.

Cito:

¡Oh, qué mercadería
de tenue olor!
¡cómo inflama los aires
con su rubor!

¡Qué anegado de gritos
está el jardín!
“¡Yo, el heliotropo, yo!”
“¿Yo? El jazmín”.

Ay, pero el agua,
ay, si no huele a nada.

Y la voz de una cultura inserta en la universalidad se escucha cuando las palabras retoman el sesgo de la proximidad, el colorido y referentes de la cultura mexicana que encuentro en mi lectura. Pero el poema es eso, una suerte de espejo que dice pero que se lee con la particularidad de su lector. Porque quien lee Muerte sin fin es quien se nutre de una cultura en la que la muerte se presenta como un eje fundamental del imaginario popular que lo mismo alimenta canciones, leyendas, imágenes, objetos y tradiciones, hasta estilos de vida; y son en el poema, palabras con toda la carga semántica que las nutre dentro un pueblo y que significan a partir del contexto real cultural.

Dice el poema:

¡Qué anochecido sabes,
tu, sinsabor!
¡cómo pica en la entraña
tu picaflor!

Sabe la muerte a tierra,
la angustia a hiel.
Este morir a gotas
me sabe a miel.

El poeta recurre de manera lúdica a la retórica popular, a esa voz que construye la imagen a manera de dicho y lo plasma en el poema revistiendo las palabras que forman parte de una cultura y se torna metáfora universal. Cito:

Pobrecilla del agua,
ay, que no tiene nada,
ay, amor, que se ahoga,
ay, en un vaso de agua.

El poema tiene tantos asideros como palabras en sus versos, pero me quedo con aquellos que muestran su intersección con una tradición poética mexicana, como parte de la cultura mexicana que también es una pasión por la muerte, una necroestética –y me permito la expresión- en la que los mexicanos encontramos una veta ilimitada de posibilidades que abren en el discurso poético de Gorostiza y que bien podemos retomar los poetas vivos.

Muerte sin fin es el canto largo, herencia griega pero también de Walt Whitman, que dialoga desde México con otras tradiciones literarias, aún de manera no implícita sino latente, de una muerte viva en voces e interpretaciones, palpitante en un discurso vivo, sin fin.

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