Salir al mundo de Ana Pazos / Miguel Ángel Hernández Acosta

Por: Miguel Ángel Hernández Acosta

Elisa es una niña de 12 años que sufre de ansiedad y por eso come pedazos de papel. Su vida, que no es fácil por estar entrando a la adolescencia, es aún más caótica debido a que Virginia, su madre, es una mujer que no ha terminado de superar traumas juveniles, un divorcio y una cotidianidad sin pasión. Sin embargo, ese mundo que tiene a Elisa muchas noches esperando la llegada de su madre desde el balcón del departamento donde habita, se trastoca cuando conoce a Vito, un joven mayor de edad que recién se mudó a su edificio junto con su familia.

Con Salir al mundo (Planeta 2021), Ana Pazos vuelve a incursionar en la narrativa, pero en esta ocasión en el género novela. Después del cuentario Parvada blanca en la ciudad (Jus 2010), Pazos ofrece una historia de crecimiento donde la protagonista se enfrenta a un mundo que se derrumba y en donde ella no puede hacer nada por detener dicho ocaso. Si bien Virginia es un caso que no tiene solución, Elisa, la hija, intenta por todos los medios convertirse en la guía y salvadora de una madre que sólo anhela que llegue la noche para ir de bar en bar, y de cuerpo en cuerpo, con tal de sentirse deseada y rememorar al único hombre que la hizo sentir viva: un primo. Por su parte, el padre ausente, vive en Querétaro y ha rehecho su vida, por lo que está lejos de la rutina de Elisa y no es sino muy tarde cuando se da cuenta de que lo necesita. Antes de ese momento, Elisa ya vivió con Érica, la mejor amiga de su madre y quien es pintora; ya se escapó de la escuela de la mano de Vito y ya recorrió panteones y escuchó la música que habrá de definirla como individuo. Además, se desahogó con su mejor amigo, Omar, un niño que empieza a descubrir que no se siente atraído por las mujeres, y ha sido consolada por las maestras del colegio Montessori donde estudia. Es decir, si lo normativo es que en casa los niños han de sentirse seguros, en Salir al mundo el resguardo se encuentra fuera de ella: en los amigos, la escuela, en la libertad de sentirse abandonada.

Esta travesía lleva a Elisa a conocer de arte, pero también de vicios; a sentirse atraída por Vito y también despreciada por él; a odiar al padre por ser un tirano, pero a agradecerle cuando le brinda una casa donde refugiarse mientras Virginia se encuentra desaparecida. Es, pues, una historia donde se reivindica el no encajar en la sociedad o el entorno donde se crece. Asimismo, es una visión que no juzga a los personajes ni sus acciones, sino que pone en movimiento a quienes se ven afectados por cada una de las decisiones, ya que sólo de esa manera se puede sobrevivir (sin estar en una zona de confort que convierta a las personas en conformistas).

Con una prosa limpia, Ana Pazos expone a sus personajes bajo un foco particular, donde cada haz de luz es lo que diferencia a estos seres de los que pudieran habitar otros libros. Hay en sus descripciones un dejo lírico que permite al lector aprehender el mundo relatado. Tómese como ejemplo la imagen de un edificio donde alguien subió a tender la ropa, y Pazos evoca el hecho de la siguiente manera: “Las prendas de colores ondulaban como banderas de países olvidados” o este otro donde retrata la abulia: “un grupo de hombres observaba el acto con la misma fascinación de quien ve cómo se cocina una papa”.

Dividida en cinco partes, esta novela retrata a Elisa en el proceso de madurar, con los sufrimientos a los que está expuesta en su misma familia, así como en los momentos del primer amor y de la primera desobediencia con consecuencias irreparables. Hay una tristeza constante, pues el lector se da cuenta que la historia que termina “bien” no es la que la autora quiere contar. Más bien, Ana Pazos no se decanta por los finales de historias de hadas, sino que expone a su personaje (a quien seguimos hasta que es mayor de edad) por una vida que no tiene nada de ideal, por más que las condiciones socioeconómicas a su alrededor pudieran hacer creer lo contrario.

Hay en Salir al mundo una especie de realismo agreste que forma el carácter de Elisa, que le permite llegar a la madurez con muchas cicatrices, pero de las cuales aprenderá lo suficiente. Sin embargo, es una historia entrañable porque los matices de cada uno de los personajes los hacen estar vivos y consiguen que el lector sea empático con ellos. Además, esta novela muestra que, si se tiene la capacidad para transformar el entorno, el único responsable de la felicidad o tristeza es quien se atreve a tomar decisiones. Y Elisa se resuelve a ello. Por su parte, con este libro Ana Pazos demuestra su talante de narradora y se confirma como una voz muy particular.





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