El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes de Tatiana Ţibuleac / Silvano Cantú

Habré demorado poco más de un par de horas en leerlo. El libro no me soltó un solo instante, como si su prosa cargada de energía, hecha de ráfagas transparentes, me sojuzgara a fuerza de navajazos que se leen. 

Ante el narrador desnudo que nos comparte la moldava Tatiana Ţîbuleac, quizá alguien sienta también el deseo de abrazarlo. Yo lo sentí a ratos. Su pasión es tan inamovible, tan unidimensional, que uno querría despertarlo de su pesadilla, inspirada por los traumas que nos cuenta con un ritmo que no deja momento para la distracción. La voz de Aleksy, pintor adolescente, es implacable en su elementalidad, pero a fuerza de exponernos hechos, descripciones, sentimientos sustraídos a interpretaciones complejas, se nos vuelve profunda, próxima y digna de comprensión. 

La salud en declive de la madre completa esas virtudes del ritmo como la fuerza de gravedad y las manzanas.

La psicología del narrador es puntual. La madre funciona como el resorte que anima su memoria, despojo del desprecio, la culpa y la locura. El artefacto rinde formidables resultados narrativos. 

La trama es de una pulida geometría, con una estructura sin contorsiones, sin oscuridades artificiales. Nos da la información necesaria para avanzar, con una economía narrativa envidiable. 

Aunque los hechos se organizan concéntricamente, el arco emocional del narrador sugiere una progresión que fisura levemente ese rencor nítido que agota su relato. Cuando la muerte real alcanza a la pulsión de muerte, se asoma el deseo y acaso el perdón, o lo que comienza a semejársele.

El título justifica y es justificado por el libro. Los ojos verdes de la madre se replican y cubren el espacio que llena su voz como un cuerpo fantasmático y acaso especular, una suerte de útero total que cubre el mundo, como “las ventanas de un submarino de esmeralda”, dice. A veces el amor no puede sino expresarse como odio. A veces el dolor vuelve indestructibles los cordones umbilicales. A veces la monstruosidad es el signo que nos identifica como miembros de una familia.

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