Lo improbable y lo mundano en Hijos de la Medianoche de Salman Rushdie / Blanca Athié

Publicada en su idioma original en 1980, traducida al castellano en 1982 y publicada en 1984, esta saga familiar de tres generaciones comienza con la contingencia de la natalidad: «Nací en la Ciudad de Bombay… hace mucho tiempo… el 15 de agosto de 1947. ¿Y la hora? La hora es también importante…»


Por Blanca Athié

Cuando estudiaba la carrera de Mecatrónica (dado que fui rechazada en una escuela de escritores), me obsesioné con todas la teorías del caos y del azar, desde luego era yo una mezcla de Ley de Murphy y Teoría del efecto mariposa.

Un año más tarde cuando abandoné las matemáticas y la programación y volví al mundo de las letras, fue mi maestro de escritura creativa quien me mencionó ese nombre por primera vez: Salman Rushdie. Así fue como mis obsesiones físicas fueron encontrando mundos en los propios mundos de Salman. A Rushdie le debo mi pasión como lectora.

Cortesía de Blanca Athie. Su ejemplar, primera edición al castellano de 1984.

Ahora que por desgracia le ha alcanzado ese caos y una profecía maldita 33 años después de que el líder Ayatolá Jomeini emitiera la fatwa condenando al escritor a muerte, se hace más necesario que nunca hablar de su literatura por las siguientes razones:

1.- Más allá de la evidente libertad de expresión, está un hombre que solo quiere escribir, crear mundos, darle cuerpo y voz al caos (ese intersticio entre los principios y los finales que son urgencias en nuestros mundos: tanto los reales y los ficticios). Sobre su condición de perseguido político que lo ha seguido por más de treinta años, en una entrevista Salman declaraba: “Destruye mi individualidad como persona y como escritor […] No soy una entidad geopolítica. Soy alguien que escribe en su habitación”. La literatura es eso: algo que trasciende a la condición geopolítica de cualquier ser humano. No escribimos para denunciar, escribimos para reflexionar o dialogar con ese caos que siempre se nos presenta en forma simbólica en nuestra mente, pero también en nuestro cuerpo. Los personajes de Salman siempre me han parecido altamente corpóreos, llenos de sensaciones, usan el cuerpo o partes de su cuerpo para la comprensión (y creación) de esos mundos.  

2.- Si hay un escritor vivo que no es herencia del realismo mágico (corriente a la que se le ha ligado constantemente y que él mismo admira)  sino producto de sus propias experiencias quijotescas y shakespeareanas, ese deambular entre la aventura y la tragedia, entre el humor y la profundidad, entre los albores de la escritura personal donde se privilegia la técnica y el “final” donde se privilegia la libertad, ese es Salman. No un escritor crepuscular, sino uno en constante natalidad: nace y renace a través de su literatura. Alguien a quien siempre le animan los nacimientos históricos, pero también los finalismos,  no como sucesos fatalistas, sino como acontecimientos también literarios. En una entrevista a Pascal Perich, declaraba: “Cuando escribí Hijos de la medianoche era un obeso de la técnica. Lo fundamental para mí era la arquitectura del relato, que tenía que ser de una perfección absoluta[…] Con el tiempo he dejado de ser así.  Ahora cuando escribo, improviso más, de manera parecida a como lo hacen los músicos de jazz. Mientras voy creando, espero a ver qué pasa. Cuando la técnica deja de ser un problema, no es necesario pensar en ella y se crea con mucha más libertad”. Esa es la enseñanza de Rushdie: un creador autoafirma su libertad en su literatura, de ahí que ni todas las técnicas ni todas las corrientes literarias o los cánones condenen su escritura. 

Dicho lo anterior la invitación es a leer a uno de los más grandes escritores que vive y escribe solo para escribir: la literatura misma como única premisa. Si usted no lo ha leído puede comenzar con la que es posiblemente su mejor y más lograda novela, a saber, Hijos de la Medianoche.

Publicada en su idioma original en 1980, traducida al castellano en 1982 y publicada en 1984, esta saga familiar de tres generaciones comienza con la contingencia de la natalidad: «Nací en la Ciudad de Bombay… hace mucho tiempo. No, no vale, no se puede esquivar la fecha: nací en la Clínica Particular del Dr. Narlikar el 15 de agosto de 1947. ¿Y la hora? La hora es también importante… Al dar la medianoche. En el momento mismo en que la India alcanzaba su Independencia», es la voz de su protagonista Saleem Sinai, quien desde el primer instante queda maniatado a la Historia de su país entre  profetas, curiosos y politicastros fascinados.

Comienza un mundo desde la primera página, una voz inquieta, maravillada y urgente quien narra una historia familiar que siempre se debate entre lo improbable y lo mundano. Es una novela de personajes mundanos, entre sus sucesos cotidianos y sus amores que están atravesados por pulsiones geopolíticas, y es también una novela de espejos y paralelismos.

El gambito de apertura lo da la historia del abuelo del protagonista, Aadam Aziz, un hombre que se nos muestra con una peculiar nariz que se volverá clave a lo largo de las páginas. No es casual que la narración comience con el abuelo del protagonista, pues es éste quien desafía un designio familiar, el de traficar con piedras preciosas para convertirse en un importante médico cuya obsesión es la de fusionar los conocimientos médicos de Occidente con la medicina hakimi, en un momento histórico en que la India también comienza a desafiar su propio designio de ser una colonia británica.

Comienza aquí también la primera inusual y fascinante historia de amor: la del Dr. Aziz con Naseem Ghani, la hija culta y espectral del terrateniente Ghani. Una mujer-collage que va conociendo e imaginando a lo largo de varias visitas a través de una sábana perforada. Ante la prohibición de su padre de mostrarse entera, Naseem se deja examinar por su futuro esposo, el Dr. Aziz, por medio de un hueco de tan solo 7 pulgadas de diámetro hecho en una sábana. De modo que Aadam solo puede tocar fragmentos de ella, que a lo largo de varias visitas va ensamblando en su mente para crear una mujer entera que después se convertiría en su esposa.

Esta sábana se convertiría en el fetiche familiar y de amor de las tres generaciones seguidas: abuelo-padre-hijo. «Condenado por una sábana perforada a una vida de fragmentos», narra el protagonista Saalem, «las cosas me han ido, sin embargo, mejor que a mi abuelo; porque mientras Aadam Aziz siguió siendo víctima de la sábana, yo me he convertido en su dueño… y Padma es la que está ahora bajo su hechizo». Cada generación irá desafiando su propio designio familiar, pero ¿lo desafía o lo entrelaza? Sin duda esa sería la cuestión.

Si esto no convence al lector y lectora a devorar este fascinante libro, tal vez lo haga la urgencia del mismo personaje principal: «tantas historias que contar, demasiadas, tal exceso de vidas acontecimientos milagros lugares rumores entrelazados, una mezcolanza tan densa de lo improbable y lo mundano».

Solo dos cosas agregaré a esta invitación a leer a Rushdie:

La primera es lo familiar que Rushdie nos parece a nuestro imaginario nacional literario rulfiano, pues sin ser parte del realismo mágico (como tampoco lo fue Juan Rulfo), es un escritor que nos muestra desde lo mundano espectral o fantasmal, las relaciones humanas más complejas en una prosa que aunque no es poética, sí es cadenciosa y rítmica en sus imágenes. Sobre Pedro Paramo, Salman diría: “20 o 25 años después hubo otra traducción mucho mejor. La leí de nuevo y quede impresionado. En Pedro Páramo puedes ver los inicios de Macondo”, ello en referencia a que la primera vez que leyó la gran novela de Rulfo, no le pareció tan buena, pero culpaba a la traducción al inglés de la obra del jalisciense.

La segunda sería el humor rebosante a lo largo de la obra. El humor como el intersticio también entre lo fortuito y la ignominia, la propia de Salman y la de sus personajes. Mientras escribo este texto, Rushdie sigue recuperándose en un hospital de Nueva York, luego de ser atacado por un fanático islamita, el pasado 12 de agosto. Al momento de quitársele el respirador artificial era capaz de hablar “y bromear”, dijo su agente literario y amigo, Andrew Wylie. Ese es Salman: un prodigioso escritor y ser humano al que el humor asalta siempre entre lo improbable y lo mundano.

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